No sabes cómo se siente, como quema. Quema y arde. Viene y va. Desaparece tras una cortina imaginaria para luego aparecer más fuerte. Aún no notas que me hace mal verte la cara, y que no quiero cruzarme en tu camino, así como tampoco, que tú te cruces en el mío.
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Olvidar todo lo pasado,
todo lo vivido.
Empezar de nuevo.
Olvidar sus rostros,
sus risas,
sus caricias,
sus consuelos.
Como extraño cruzar ese umbral todas las mañanas,
ese maldito umbral que tanto odiaba.
Ver las mismas caras, los mismos gestos.
Lo mismo.
Sin embargo todo eso valía la pena,
porque en ese lado te conocí,
en esa inmundicia te hallé.
Y cruzaba todos los días sin falta,
porque sabía que al otro lado, estarías esperándome.
Pero parece que eso ya no vale nada.
Parece que lo arrancaste de tu mente
y creo que tendré que hacer lo mismo.
Ya no quiero seguir con esto.
Es demasiado enfermo incluso para mí.
Ya no tengo necesidad de cruzar ese umbral,
y si tuviese opción de hacerlo,
creo que esta vez lo dejaría pasar.
Quizás vería un cristal caer de tus lagunas.
Quizás lo vería,
y no podría soportarlo.
Pero debo tener fuerza de voluntad,
fuerza para creer que todo lo que pasó no fue más que una fantasía.
Una fantasía que mi mente y la tuya construyeron juntas,
y que ahora, los vestigios de la realidad destruyen con un simple soplido.
Un soplido que pudo haber salido de mi boca,
pero fue la tuya quien lo emitió primero.
Fue la tuya quien olvido todo lo ocurrido tras esas paredes imaginarias
gastadas de cal y pintura.
Y fuiste tú, quien quiso hacer como si nada hubiese pasado.
Ahora debes ser tu quien prenda la última hoja de papel.
Solo bastará un poco de gasolina.
¿Qué dices?
¿Quieres que te preste?