»De improviso, sobrevino unos de esos momentos fascinantes. La calle estaba
completamente en silencio. Nos habíamos alejado de la zona céntrica de la ciudad vieja y
estábamos cerca del puerto. No había luces, sólo el resplandor del fuego de un hogar en una
ventana y el sonido distante de la gente riéndose. Pero allí no había nadie. Nadie cerca de
nosotros. De pronto percibí la brisa del río y el aire cálido de la noche y lo sentí a mi lado,
tan inmóvil que podría haber sido de piedra. Sobre la larga y baja fila de tejados puntiagudos
asomaban las recias formas de los robles en grandes hileras oscuras y ondulantes, bajo las
estrellas cercanas. Por el momento, el dolor desapareció; la confusión desapareció. Cerré los
ojos y oí el viento y el suave sonido del agua en el río. Fue suficiente, por un momento. Y supe
que no duraría, que se alejaría de mí como algo arrancado de mis brazos, que yo iría detrás de
eso, más desesperadamente solitaria que cualquier criatura para recuperarlo. Y entonces, una
voz a mi lado retumbó, profunda en el silencio de la noche.
