Te mueves inquieto por los pasillos de la sala.
Me observas.
Te observo.
Estas nervioso y quieres ocultarlo caminando de allá para acá.
Pero conmigo no funciona.
No me conmueve el vaivén de tus pies, ni el de tu silueta.
Te sientes presionado,
puedo notarlo de reojo,
aquellas miradas rápidas que no alcanzas a percibir del todo,
pero que, sin embargo, sabes que están presentes.
Y te preguntas si es verdad,
si realmente te estas enamorando de una pendejita
que aún no abandona el jumper,
que aún no abandona sus ositos de felpa por las noches.
La consideras menor, sí,
pero en estos momentos es ella quien actúa con la madurez suficiente.
Estas asustado, lo sé, lo sabe.
Eres la presa y ella el depredador,
y yo, soy el testigo,
para bien o para mal.
No le has insinuado nada,
pero es mas lista de lo que crees.
No esperará que actúes.
Porque eres el pez que ya mordió el anzuelo
y ahora solo te esta jalando.
Pero te resistes,
sabes que en el fondo quieres ser el plato principal,
pero te resistes.
Y ella tira cada vez con más fuerza,
quiere acabar pronto, hasta tu último trozo de carne,
no dejará ni tus huesos,
y no puedes negarme que te excita la idea.
Tienes miedo porque no te decides,
hay mas peces en el mar
y ovejas en el campo.
Sabes que te quedan dos meses
y te quieres resistir para no caer en tentación
porque le tienes miedo a lo desconocido,
miedo al error,
te preocupa demasiado lo que opine el resto.
Pero no te has dado cuenta de que
lo que gritamos es lo más fácil de ocultar
y lo que queremos ocultar es lo que más fuerte decimos.
En estos momentos es ella quien actúa con la madurez suficiente,
y tu, tu solo eres un niño asustado.
